Esperanza Marin Spa

Ya eran las 8:00 am y terminé de hacer ejercicio. Estaba un poco exhausta. De pronto sentí que el sudor corría por el medio de mis nalgas y mis calzones estaban un poco húmedos. Saqué mi celular y respondí algunos mensajes en WhatsApp. En minutos recibí una respuesta de alguien diciéndome que se quería hacer un masaje, era su primera vez y estaba un poco nervioso. Su esposa se había ido de viaje y quería aprovechar para tener una nueva experiencia. De inmediato le expliqué un poco a cerca de mis servicios. El señor un poco inquieto me preguntó si era posible agendar para el mismo día y le asigné una cita a las 10:00 AM.

Al llegar a casa me quité la ropa deportiva que estaba un poco ajustada a mi cuerpo debido al sudor. Entré a la ducha totalmente desnuda y me paré debajo de la regadera para sentir el agua caliente bajar por mis nalgas. Cogí un estropajo y lo pasé por mis largas piernas y al ver los vidrios empañados por el vapor de la ducha me di cuenta que llevaba mucho tiempo allí y se acercaba la hora de salir hacia el spa. Abrí el clóset, saqué un splash y me apliqué un poco en el ombligo, en las muñecas y en el medio de mis senos.

Me puse un conjunto de ropa interior carmesí que me trajo un cliente desde la romántica ciudad de Paris. Luego me coloqué el uniforme negro que tanto me gustaba. Era un poco serio y me encantaba para despistar a quienes me observaban. Cepillé mi cabello negro y me maquillé un poco las pestañas para que mis ojos fueran más expresivos. Llegué al spa y preparé la habitación; música chill out, prendí algunas velas, un poco de incienso y organicé la camilla, que para ser sincera parecía una mazmorra para castigar a cada uno de los asistentes.

Ya era la hora y sentí que tocaron el timbre, abrí la puerta y era un hombre de aproximadamente 38 años; portaba una camisa de manga larga, pantalón y zapatos lustrados. Al verme a los ojos, noté que estaba un poco inquieto. De inmediato sentí una gran responsabilidad para no defraudarlo y que quisiera volver. Lo invité a pasar a la sala de estar y le ofrecí una bebida. Ya regreso – le dije al señor. Di media vuelta y empecé a caminar lentamente hacia la cocina para destapar una botella de vino. Le di una copa y al estar un poco más tranquilo me pidió que entráramos a la habitación donde haríamos el masaje. ¿Ya sabes qué servicio tomar?, pregunté. Aun no sé, hazme el que tú quieras; respondió. Cuando me decían eso, solo pensaba en hacerlos sufrir. Restregarles mis tetas en la cara y al fin no darles nada. Que se fueran con dolor en sus testículos, con ganas de más y así querrían volver una y otra vez. Quería que se volvieran adictos a mí, que me desearan y este era uno más.

Le pedí que se desnudara y se negó. Me pidió que por favor lo hiciera yo primero. Así que empecé a desabrochar mi blusa mirándolo a los ojos, mientras él me volteaba la cara y yo con un poco de malicia, me reía internamente.  Era muy divertido, esa era una de mis partes favoritas del masaje. Intimidarlos. Continué con mi pantalón y bajé el cierre lentamente, preguntándole a mi nuevo cliente si estaba nervioso, a lo cual respondió: un poco.

Al estar en panties, le pedí desvestirse y al quitarse la camisa pude ver que tenía un pecho bien marcado, no entendía por qué su timidez. Fácilmente los papeles se podían cambiar y ser él quien me dominara a mí. Continuó con su jean y me pidió que le prestara una toalla para cubrirse. Se la pasé, se tapó y se acostó en la camilla boca abajo. Levantó su cabeza y empezó a observarme por medio del espejo que había en frente.

Inicié rozando mis uñas por la planta de sus pies, continué por sus piernas y al llegar a su entrepierna Mauricio empezó a gemir. Así que seguí por su espalda y pasé por el frente de él para que viera como mi vagina se partía en dos por encima de mis interiores color carmesí. Me miró y preguntó: ¿puedo tocar? – no – respondí en tono alto. Volví a sus pies y me subí encima de él rozando mis tetas en su cola y en su espalda. Saqué la lengua y la pasé por sus orejas, le respiré fuerte y luego puse mi mojada vagina encima de su cola. Mauricio, un poco agitado, empezó a tomar aire más seguido. Me puse en cuatro y me giré de modo que mi cola quedara frente al espejo, pegaba bien mis tetas en su nalga y paraba bien la mía para que él me observara por el espejo. Eso me llenaba de morbo, saber que mis clientes me miraban e imaginaban cosas sucias conmigo. Quería que él también lo hiciera. Disimuladamente subí más mis calzones hacia el ombligo, para que mi vagina se marcara más. Quería masturbarme con la tela de los calzones, también estaba caliente.

Me bajé de la camilla y le pedí a mi cliente que por favor se girara. Pasaron tres segundos y aun no lo hacía. Voltéate por favor, le dije nuevamente – ¿me puedo tapar? – preguntó él. Si tu deseas lo puedes hacer, pero la idea es hacerte un masaje en el pene también. Mi víctima asintió y se giró. Volví a jugar con mis dedos en sus piernas y en su pecho. Estando al lado de su cabeza, bajaba con mis manos por su pecho, para que mis tetas le quedaran en su cara y quisiera chuparlas, mientras lo miraba queriéndole decir que era prohibido. Mi cliente prefería girar el rostro. Para que no me esquivara más, me subí a la camilla y me puse en cuatro, acorralándolo con mis manos y mis pies.

Empecé a acariciar sus testículos y noté que su pene aún no estaba erecto. Lo cogí y me di cuenta que tenía una verga tan diminuta que no alcanzaba a notarse su erección. Lo miré a los ojos y estaba un poco sonrojado. Le sonreí y le susurré: tranquilo. Con una mano se lo cogí; exactamente con el dedo índice y el pulgar, era tan pequeño que si lo cogía con tres dedos se desaparecía en mis grandotas manos. Y con la otra mano, exactamente con los mismos dos dedos, empecé a hacer círculos alrededor de su glande, bajaba y subía su prepucio con los dedos y lo halaba hacia arriba. De pronto pasé un seno por su penecito y luego el otro. Sin darme cuenta Mauricio se paró y se sentó en la camilla, me bajó los calzones rápidamente y metió dos dedos por mi vagina que ya estaba lubricada, abrí más mis piernas y dejé que los metiera como quisiera. Lo hizo tan rico que de solo recordar estoy caliente en este momento y mis calzones un poco húmedos. Finalmente, su mano quedó empapada con mis líquidos y luego se hizo un pajazo. Mauricio, resultó siendo un toro.

 

Confesión de Aileen Mar

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